Y bueno, yo simplemente andaba por allí, y sucedió, qué le vamos a hacer, me tocó, seguro que hay alguna razón kármika profunda que explica la situación, pero no voy a entrar en ello, ignoro ese tipo de razones. Sólo sé que iba caminando y aquella puerta se abrió ante mi, sí, del tipo película mala de serie b, ahí estaba, con sus vibraciones, clásicos colores, haciendo de puerta entre una y otra dimensión, y bueno, pues qué voy a hacer, tendré que pasar, si algo así sucede es para pasar al otro lado, no voy a quedarme ahí mirando el fenómeno natural sin más, tendré que pasar, y en ese momento vi que una jauría de perros rabiosos venían en mi dirección, así que ya no había opción, pasé al otro lado, salté y caí en una especie de colchón mullido, con sábanas de terciopelo glaseado, con unos ribetes de color azul esponjoso.
Miré a mi alrededor, aquello no es que fuera increíble, simplemente era innecesario,¿por qué tanta maravilla?, me pregunté si no estaba bajo los efectos de alguna droga alucinógena y en realidad había 5 perros destripándome ‘ahí fuera’ mientras yo andaba flipando con mi visión, y si era así, qué podía hacer, ¿pellizcarme?, y entonces qué, ya no había marcha atrás, así que decidí darme un paseo por aquel lugar, cascadas, mujeres hermosas, criaturas diavólicas sonrientes, culebras, sapos saltando con alas, filetes de carne con gusanos al lado de sirenas recien salidas de un reino celestial, playas con gente bañándose, arco iris iridiscentes que dejaban caer ángeles marchitos envueltos en llamas, serpientes venenosas cubiertas de arroz mugriento, salpicaduras de barro y oro ennegrecido, el cielo con estrellas tenía una especie de persianas sanguinolentas que aplastaban el aire que respiraba, pero se estaba bien, era como si no me importara nada de todo aquello, simplemente caminaba por aquel sitio, enmudecido, me miré en un espejo que había en un lago semiesférico y me sorprendí, me vi a mi mismo dando gritos, colérico, lleno de rabia, rodeado de antorchas, metí mi mano en el agua y la imagen cambió, ahora estaba en un palacete romano contando uvas de vino mazizas, gordas como pelusas de salón bizantino. Entonces recordé que tenía miedo, en alguna parte, no sé dónde lo había dejado, así que busqué en algún bolsillo de aquellas mallas grotescas y encontré un papelito arrugado, una especie de receta hecha por un médico de alguna época pasada, algún galeno multidimensional, aparté las vasijas con aire decidido y broté, como una planta, enroscándome cual enredadera en un vasito de coñac fino y brumoso, recolectando por doquier pasajes de una historia nunca y siempre contada, averiguando, en cada trago que daba, la sapiencia invertida de un abedul, omnisciente de energía, saltimbanqui de un sueño tan certero como parlante, tan difuso como solitario, tan eficaz como inútil, tan ensimismado como obtuso.

Me puse en pie y salté de nuevo, no había perros, ni casas, ni toallas que mostraran marca alguna de que hubiera estado en ningún lado.

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Y bueno, yo simplemente andaba por allí.

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