Mágicas sapiencias.

Nos miramos unos a otros, decidimos seguir adelante, al fin y al cabo no habíamos llegado tan lejos solo para darnos media vuelta. Abrimos la puerta y pasamos, dentro parecían estar esperándonos. Seguimos, un hada celestial nos saludó, no le dimos mucha importancia, estábamos acostumbrados a ellas, lo que sí nos llamó poderosamente la atención fue el Río.

Una cascada enorme lo presidía. Como si mil luciérnagas santificaran el lugar, en la zona baja del bosque había una especie de manto negro, era la noche, ¿qué hacía allí? Ya nada importaba, todo era deliciosamente hermoso. caminamos separados, sabiendo que estábamos conectados, éramos grandes amigos, queríamos estar juntos, y lo estábamos.

En el horizonte, el gran manto negro sacudía el polvo como envuelto en armiño, una especie de saludo acudió a nosotros, y nos sacudió, una nueva amistad, Como si quisiéramos retroceder siglos sobre nuestros pasos. Ecuestre, el almibarado ratón de imagen grisácea pernoctaba con nosotros.

La sapiencia del amanecer crepusculeaba longitudinalmente, una sinrazón almibarada lograba batir sus alas, entre las homínidas sapiencias. El largo recorrido hacía de ello una lograda alquimia. Sin embargo, era allí, entre los arbustos de medianoche, donde debía suceder el encuentro. Solíamos alcanzar aquella beatitud en aquellos amaneceres. Por esa razón, algo rompió el aquelarre, una especie de crisantemo.

Solíamos hacer algún que otro alto en el camino. Cuando esto ocurría, navegábamos mejor. Ditirámbicas salutaciones ecuestres remoloneaban a nuestro paso, y en aquel luminoso acontecer, una diabólica madre nos trajo del brazo un amanecer dorado. Supimos entonces que las lechugas del huerto estaban listas. Acompañamos a las oropéndolas  incipientes, almibaradas de negruzco almidón. Supimos entonces, y siento  decirlo solo, que las mejores batallas ancestrales habían sido ya celebradas.

Otros tiempos equivalentes a otras mágicas selecciones habían sucedido. Por esta razón, cuando abrimos el libro sagrado supimos que las nomenclaturas hipoalérgicas habían fenecido convulsamente. Rápidamente, echamos mano de la sinrazón positiva, y en semejante trance, dímonos un respiro. Todas historias eran ciertas, anclados en la esfera, solíamos ascender enfundados con un libro como sombrero.

Aquello era excesivo. Todas sus luces sobrecogían, sin duda, salpicando con gracia cada vocablo en su singladura. Tan espartano duelo, lánguido, lento y súcubo, terminó por espantar cualquier rebaño. Entrada la medianoche, escupitajos de algunos mercenarios rompieron la marmita azulada, de su vientre, congénito, añil zafiro, esmaltado en arabescos, con una terrible marca sin rostro en su certidumbre. Entonces recogimos nuestra leyenda, la doblamos sobre uno de los pies, y retrocedimos entusiasmados. Lo habíamos logrado de nuevo, allí estábamos, insepultos, como dorados colibrises ancestrales, con cien patas de en medio, danzando entre los pedestales apóstatas de remedios contra el dolor de muelas, abismales, salidos de un incienso solitario.

En todas aquellas mayas, las más lujuriosas venían dispuestas a robarnos cualquier exceso. Sin el menor de los esbirros, pululamos entre abedules en aras de un mejor porvenir, sin embargo, lo que nos llamó la atención fue un Río. Un sublime amanecer de costado, una saliente berenjena almibarada, lúgubre, que atormentaba a sus fieles con ensoñaciones orgiásticas, en las cuales todopoderosos silencios solían enmarcar su registro entre simulacros de egos.

En aquella misma pendiente, un bello final.

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